Reta y Eddie
Por Patricio Tapia

retamailyeddie_int1“Si no es una mascota, entonces qué es”. Le pregunto al enólogo de De Martino, Marcelo Retamal. El tema es Eddie, el mono ése que aparece en todas las carátulas del grupo Iron Maiden y que, en sus shows en vivo, irrumpe en el escenario como un Pinocho mutante, una marioneta epiléptica. “Eddie es Eddie” me responde Marcelo, algo ofendido o, al menos, simulándolo.

Retamal es un fan serio de Iron Maiden. Los ha visto en vivo no sé cuántas veces, la primera en Buenos Aires, en el año 1992, la misma gira que los traería a Chile, pero que cuyo concierto fuera cancelado a última hora. Lo consideraron satánico. Cosas que pasan en nuestra patria cuando se pierde el sentido del humor.

Iron Maiden no me mueve nada. Eso del Heavy Metal, del show parafernálico con esqueletos y diablos y mutantes y la música. Demasiado estridente para mi gusto. Pero a la Marcelo le encanta. Como dije, es un fan serio. Denle cuerda. Háblenle de Eddie, de The Number of the Beast. El tipo se transforma. Ya lo verán.

Similar transformación le sucede cuando habla de los vinos que está haciendo o, mejor, de los que quiere hacer. Marcelo debe ser por lejos el más busquilla, el más inquieto de los enólogos chilenos. Y también el que más curiosidad tiene por lo que pasa fuera de Chile. Lo he escuchado hablar con bastante propiedad de Borgoña, de Portugal, de Burdeos. Se lo ha viajado todo. Ahí está el casi mítico trato con los De Martino, ese de viajar una vez al año a una región productora en el mundo como parte de su trabajo en la viña.

Y también está la transformación constante que sufren sus vinos. Como es inquieto, como siempre están buscando, sus vinos logran reflejar ese estado constante de ánimo. Hoy usa menos madera, interviene menos sus tintos, los deja ser más libres, más salvajes. Probamos, por ejemplo, las nuevas versiones 2007 de sus Single Vineyard, tintos hechos con viñas viejas de viñedos perdidos. Su nuevo syrah del Elqui, por ejemplo, allá por arriba en el Elqui. Una locura, un vino incomprensible, lleno de todo, de acidez, de taninos, de intrigantes sabores a frutas rojas, punzantes. O su carignan La Aguada de Cauquenes, un carignan apacible, casi delicado para los estándares de la cepa, una suerte de metamorfosis burguiñona transplantada al secano maulino. Otra botella desquiciada.

Lo entrevista es para el próximo número de Epicuro. Allí irá un perfil más en profundidad sobre la carrera y las preocupaciones que rondan la cabeza de este enólogo tan singular en Chile. Así es que no se la pierdan. Por el momento, y ya terminada la cata en De Martino, nos vamos a un restaurant de la zona a probar otros vinos y a comer. Le llevo La Ginglet 2006, el trousseau de Bornard en Arbois. Lo llevo como para reemplazar – o complementar- las cervezas que nos esperan. Un vino simple y directo para calmar la sed, pero que termina decepcionando. No es una buena botella. Parece demasiado empalagoso, sin tensión, sin nervio. O quizás sólo se deba a una cruda injusticia porque a su lado, hay un Poulsard 2004, también de Arbois, pero esta vez del genio Pierre Overnoy. Aunque se trata de uvas distintas, hay ciertas coincidencias entre ambos productores. De partida, los dos creen en la mínima intervención. Viñedos orgánicos, nada de levaduras ni de madera nueva, ni de So2 ni de filtraciones. A la que salga. Pero aún así, la maestría de Overnoy destaca precisamente por lo que La Ginglet no tiene: nervio, tensión, profundidad, frescor, un vino que huele a frutillas y a prietas. Una delicia. Y lo mejor de todo es que a Marcelo le gusta; alucina con el vino. Buena señal, si entienden a lo que me refiero.

retamailyeddie_int2Pero aunque para mí Overnoy nos ha regalado el vino del almuerzo, Marcelo tiene otros vinos sobre la mesa. El primero de ellos es Corton-Charlemagne 2004 del mítico domaine Bonneau du Martray, en Borgoña, un blanco en tierra de tintos. Cuando un Corton-Charlemagne entra en escena, parece encender fuegos artificiales a su alrededor. No tiene la austeridad ni menos la severidad de otros chardonnay míticos de la zona. Este es carnoso, opulento, láctico, pero con unos huesos en el fondo que sobrecogen.  Una gran botella para un vino que, según cuenta la gente que realmente conoce estos blancos, merece probarse muy joven o muy viejo. Lo estamos probando en un momento intermedio, y aún así es imponente en el amplio sentido del término.

Intuyo que ése es el tipo de chardonnay que Marcelo tiene en mente cuando vinifica sus Quebrada Seca de Limarí. Hay algunas coincidencias, claro. Para un restaurante de Nueva York, ha hecho especialmente una edición de Quebrada pero sin madera (no sabemos si estará en el mercado local) y ahí uno puedo ver para dónde va la micro, ahí uno puedo sentir que tanto entusiasmo con ese pequeño Cortón-Charlemagne (que me perdonen los puristas) del Limarí costero no es casualidad. Una opulencia similar, una tensión de acidez parecida; sólo parecida. Tan loco no estoy.

Y para terminar, un Nebbiolo. Pero no uno cualquiera. Un Bartolo Mascarello de 2004. Cuando me lo muestra, lo primero que digo es que es un asesinato; a este vino no hay que tocarlo por quince años, pero ahí estamos, descorchándolo por el mero placer de ver en qué estado está de su infancia, si es que ya ha llegado el momento de que deje los pañales, o incluso antes que eso, si es que ha abierto los ojos y ya ha echado una mirada al mundo. Marcelo cree – como yo- que más que el momento organoléptico de un vino, lo que vale es el momento emocional, lo que manda es la situación para que esa botella se abra. Excepto La Ginglet o tal vez también lo mágico y abordable que resulta descorchar –en cualquier estado de evolución- un poulsard de Overnoy (esto dicho, claro, sin una pizca de objetividad), el borgoña y este Barolo están muy lejos de su momento. Mascarello en 2004 no ha nacido aún; todavía tiene esa suerte de torpeza; la fruta se superpone a los taninos que se sienten demasiado lejanos; aún no emergen con toda su fibra y su tensión de vino vertical. Si hay algo que Marcelo aprecia en un vino es esa verticalidad.

Ya que un enólogo chileno descorche y alucine con esos vinos me pone optimista. Alguien que gusta de esas botellas y que, sobre todo, las quiera guardar vacías en algún estante (como él lo hace, una ve que hemos terminado el almuerzo) es una buena señal. Para mí -y esto es una ley que sigo al pie de la letra- más que los vinos que hacen los enólogos, me interesa ver qué vinos admiran. Marcelo tiene tres cepas favoritas: pinot noir, nebbiolo y, claro, baga. Ya con eso a mí sobran las explicaciones.

 


  1. Sergio Mendoza says:

    Pato,
    Muy buena columna, de hecho hace un tiempo atrás me pasó algo similar conociendo a Felipe Garcia y Constanza Schwaderer, los conocí en una comida y terminamos entre Carignanes chilenos (Facundo 2007 entre ellos pese a que no es 100%, pero se nota), un Occhipinti y un moscato que no recuerdo bien su nombre, y tal como señalas da gusto conocer ese lado de los enologos.

    Un abrazo.