El yeti y la identidad del vino
Por Patricio Tapia

Esta semana acaba de finalizar el II Seminario del vino, Gastronomía y Ruralidad, en la Sala América de la Biblioteca Nacional de Santiago. Fueron tres días de charlas en donde el tema central fue la identidad, nuestra identidad: la del vino, la de nuestra cocina.

Hoy, cuando se busca darle valor al vino chileno, este tipo de seminarios me parecen cruciales. Buscar una historia tras nuestras botellas, si la hay; buscar una narración que hable de lo que hay dentro de esas botellas, si es que hay algo allí. Más que aumentar precios, esa loca carrera que algunos corren tratando de obtener prestigio en vinos sin historia; más que estrategias de marketing que usan lindos paisajes para tratar de darnos una imagen de país; más que slogans, lo que se necesita es saber quién cresta somos, qué vinos nos son propios, qué es lo que debiéramos mostrar.

Extrañamente, la gente de la industria del vino no se hizo presente en la sala. Dos o tres enólogos, un gerente. Nadie más. No estaba ni el presidente de Vinos de Chile ni el de Wines of Chile ni tampoco los grandes directores de las grandes viñas nacionales ni menos sus ejecutivos comerciales. La gente que había eran estudiantes, profesores y gente común que pasaba por allí. Los encargados de tomar decisiones, no fueron.

Y no sé por qué no fueron. Quizás, como dijo el enólogo Marcelo Retamal, la razón fue que no se trataba de un seminario sobre cómo vender más botellas o cómo ingresar al mercado vietnamita o el taiwanés. Si hubiera sido eso, la sala habría estado llena de tipos con buena pinta, muy peinaditos y encorbatados.  En cambio, la audiencia era más bien del tipo teórico, profesores, estudiantes. Gente de buenas intenciones, chascones.

Mi idea es que debió haber ido la industria, pero en masa. Todos. Mi idea es que si seguimos vendiendo sin tener una base cultural, sin que la encontremos, por mucho que tengamos grandes terruños o super diversidad, al final nunca vamos a lograr lo que esperamos lograr: que nos tomen en serio, pero en serio en serio.

Yo expuse mi punto de vista al respecto en el texto que ustedes pueden leer más abajo. Algunas teorías allí  las he dicho hace ya años; otras son nuevas. Les dejo mi ponencia en el seminario. El diálogo está abierto.

El yeti y la identidad del vino chileno

El tema surge en una discusión sobre la situación actual del vino en nuestro país y, en específico, sobre la identidad del vino chileno. Qué es? Existe? Hay un vino que podamos llamar propio? Y la idea es, más o menos, ésta: ha llegado el momento en que ya no son necesarios más viticultores ni más enólogos. Para que hablar de la tecnología, esos satélites que nos dicen cuándo, dónde y hasta por qué cosechar. Ya no los necesitamos más. Ha llegado el momento en que el vino chileno lo que necesita son sociólogos, antropólogos. ¿Y por qué esta idea?

La búsqueda de este vino nacional, la real identidad de vino chileno, debiera ser hecha por especialistas. Tal como los cazadores o los alpinistas buscan -y confían en encontrar- al abominable hombre de las nieves, al yeti, nosotros debiéramos dejar la tarea a profesionales. Antropólogos, sociólogos. Especialistas que en vez de escalar el Himalaya en busca de un monstruo peludo y blanco, vayan de pueblo en pueblo, tomando y comiendo con la gente, viendo cómo preparan sus comidas, cómo hacen sus vinos. Sintiendo lo que ellos sienten por el paisaje, entendiendo su conexión con el mundo, oliendo lo que ellos huelen. Un trabajo titánico, a pulso; un trabajo a pie. Y, claro, de nada nos sirven en ese trabajo los satélites ni las levaduras de última generación ni la osmosis inversa. Para saber lo que somos, necesitamos especialistas.

Aunque las ganas de saber quiénes somos como industria, podría extrapolarse también a todo nuestro país -la congénita ignorancia sobre nuestra identidad nacional- prefiero por ahora remitirme a ciertos hechos que pueden formar la raíz de nuestro problema de identidad.  Primero, por ejemplo, podríamos partir por el origen del vino moderno en Chile. Si, me lo permiten, para ilustrar esta teoría,  voy a usar a nuestros hermanos trasandinos.

Las diferencias entre Chile y Argentina a nivel vitícola, radican principalmente en sus bases culturales, en una cuestión de origen. Cualquier examen que intente abarcar ambas regiones vitícolas no debiera -por ningún motivo- dejar pasar por alto esa diferencia fundacional. Y desde allí obtener explicaciones.

Descontando el origen común, una “prehistoria” que une el vino a los conquistadores españoles, la cultura del vino moderno argentino nace gracias a la inmigración. Italianos, franceses y españoles escapando de la miseria en Europa encuentran un hogar en Argentina, durante la segunda mitad del siglo XIX. Ellos, por cierto, no sólo traen las ganas de comenzar una nueva vida, sino que también sus costumbres, su cultura. Parte importante de esa cultura es la gastronomía y, dentro de ella, el vino, un alimento más, un elemento más en la mesa todos los días. Junto a los olivos, entonces, plantan la viña.

La historia moderna del vino chileno nace de una manera distinta. Hacia mediados del siglo XIX, y enriquecidos por la minería del Norte, una nueva casta de aristócratas comienza a viajar a Paris (el equivalente al Miami de nuestros días) y allí se empapa de la alta cultura, de las artes, de la moda. También se da cuenta de que las costumbres austeras, tan chilenas, pueden matizarse con una buena comida y, por qué no, con vinos. Y qué mejor hacerlo uno mismo. Así es que vuelven, se construyen chateaux y plantan viñas, copiando lo que vieron fuera.

Mientras la industria moderna del vino en Argentina tiene sus bases en la sólida herencia cultural inmigratoria europea, la chilena es fruto de una copia.

Las primeras importaciones de vides y estas primeras construcciones de castillos a la bordelesa, suceden justo antes de que la filoxera devaste el viñedo francés, casi acabando con su industria. Muchos enólogos, entonces, tuvieron que inmigrar y aquí en Chile había gente dispuesta a contratarlos.

Las grandes viñas nacionales, las históricas, tiene esa raíz en común: importación de cepas francesas, contratación de enólogos galos, técnicas foráneas para la producción del vino moderno, el de verdad. Imagino que en esa época tiene que haber nacido, también, el desprecio por el otro vino, el que había antes; el producido con uvas de moscatel o país, el que se hacía en cueros de vacas y zarandas y tinajas y pies descalzos; el mismo que tan de moda se ha puesto hoy.

Con esas jóvenes y recién plantadas viñas, y con esos enólogos extranjeros pidiendo tecnología para poder hacer vinos de calidad, todo iba viento en popa. Dinero había. El punto era a quién se le vendería todo eso vino. De acuerdo al siempre actual libro Historia del Vino Chileno, de José del Pozo (Edit. Universitaria, 1998), en 1883 se produjeron en Chile 41,7 millones de litros, lo que aumentó a más del doble  para las celebraciones del Centenario, en 1910.  Los chilenos tuvimos 99 millones de litros para celebrar en septiembre de ese año.

La minería del norte fue la que absorbió una buena parte de esa producción, pero no toda. De hecho, fue toda la zona central del país la que se tuvo que poner a beber. El mismo del Pozo afirma que en 1883 había en Santiago 3.560 negocios dedicados a la venta de vino. “Si se considera que en el Santiago de fines de siglo –escribe Del Pozo- la población era de alrededor de 500.000 personas, eso da una proporción de un comercio por cada 150 personas.”

El problema del alcoholismo de seguro que no se generó en las años de abundancia de vino en Chile, pero fue la justificación para que hacia el segundo gobierno de Arturo Alessandri, en 1938, se dictara la primera ley restrictiva de producción de bebidas alcohólicas en nuestro país.  Por primera vez había un techo. Y por primera vez, es probable, crece la idea de exportar.

Hasta bien entrados los años 80, las exportaciones de vino chileno eran insignificantes en relación a lo que se producía. Un 2,6 por ciento del total en 1988, por ejemplo. O un 9,3 por ciento de los 400 millones de litros que se produjeron en 1990.

Todo el vino se seguía bebiendo en Chile, algunos de los cuales, por ejemplo, fueron los primeros vinos que bebí en mi vida. Antiguas Reservas de Cousiño Macul o Gran Reserva de Tarapacá; vinos que mi abuelo bebía en ocasiones muy especiales.

Me gustaría recordar los sabores de esos vinos, pero con la base de lo que he aprendido tras dos décadas como periodista. Volver en el tiempo y “catar”, así, entre comillas, esos vinos cuando eran jóvenes; vinos que no se hacían pensando si al mercado le gustarían o no, porque no habían muchas posibilidades, porque ese mercado no conocía mucho más. Era, en el fondo, lo que había.

Hacia fines de los años 80, pero con mucha más fuerza durante la primera mitad de los años 90, los viñateros chilenos se dieron cuenta de que si el vino chileno quería tener el rótulo de “industria”, había que conseguir mejores mercados, mercados más exigentes que el nuestro, mucho mejor que este mercado interno tan poco viajado, tan poco bebido, al menos en términos de calidad. Poco entendido, poco culto.  Y aquí viene el segundo hecho que puede explicar nuestro problema de identidad.

Entonces, el viñatero nacional va a Inglaterra y su potencial importador le pide un tipo de vino que él, que ya ha adquirido la tecnología necesaria, puede hacerlo. Le pide expresión varietal, suavidad y acidez. Vale recordar que el padre de la tecnologización en la bodega chilena fue el español Miguel Torres, y que su primer vino, digamos,  “tecnológico”, el Santa Digna Sauvignon, se lanzó al mercado en 1979.

Pero la expansión internacional debe continuar, así es que este mismo productor va a ver a su potencial importador en Estados Unidos, y resulta que el gringo le pide una cosa distinta. Le dice que en su mercado se busca la concentración, la fuerza en la boca, y que más que a frutas, el vino debe oler a madera nueva de roble. Como nunca antes, el productor chileno tiene acceso a esa madera de roble; puede importar esas barricas pequeñas, aunque le cuesten una fortuna. Así es que las usa para satisfacer a éste otro importador.

Y así sucesivamente va satisfaciendo mercados porque antes, con los vinos que él producía; tintos con olor a raulí, con oxidación, la venta no era fácil. No era fácil vender lo que a los chilenos nos gustaba beber.

¿Y qué era lo que a los chilenos nos gustaba beber? Un Casillero del Diablo, el primero que se produjo, en 1953, se criaba en fudres por cinco años, por ejemplo. Muchos en esta sala es probable que hayan probado vinos viejos. Yo lo he hecho. Vinos de los años 80, vinos de los 70 que aún se conservan; incluso un mítico Fond de Cave 1945, con parras del fundo Tocornal (el mismo desde donde viene hoy Almaviva o Don Melchor o Viñedo Chadwick) que tras tantas décadas seguía siendo una delicia; un vino hecho con lo que hoy podrían ser consideras técnicas rudimentarias: máquinas a pedales, toneles de raulí, mucho rendimiento por parra, cosechas tempranas, doce grados de alcohol. Un vino que ha sobrevivido al tiempo con dignidad, como muchos otros vinos chilenos cuando el vino chileno era un mundo mucho más pequeño.  Fueron esas cosas, ese mundo, lo que nos avergonzó mostrar cuando decidimos que el camino era la exportación.

El boom del vino chileno, la razón por la que la enología se haya vuelto una carrera de moda; la razón por la que la meta de un joven ingeniero comercial sea trabajar en el vino; la razón de todas estas bodegas tan modernas y la razón por la que incluso un periodista como yo se pueda ganar la vida escribiendo sobre vinos, es ese boom.

Y ese boom significa darle en el gusto al público, por muy diverso que éste sea. Nada en ese boom tiene que ver con lo que a los chilenos nos gusta beber; nada en ese boom tiene que ver con los vinos con los que muchos de aquí crecimos. Para ganar el mercado externo, no usamos como argumento nuestro terruño ni nuestras tradiciones ni menos nuestra historia, sino más bien la posibilidad que nos daba la naturaleza y la reciente tecnología para producir lo que el cliente de turno quisiera, vinos que además resultaron ser muy baratos y de muy buena calidad para su precio. Y los vendimos sin importar que eso no tuviera nada que ver con lo que somos.

¿Y qué somos? Como no tenemos más historia en el vino que unos quinientos años, nada puede ser tildado de “original”. Ni las tinajas ni el país ni las zarandas ni los pies que muelen uvas pueden ser originales porque el vino no es original de nuestra tierra. Así es que lo único que creo que puede acercarnos al vino con identidad chilena es lo que no ha sido tocado y, a la vez, lo que ha sido nuestro por más tiempo. Y no, no es el carmenère ni tampoco el cabernet sauvignon, aunque sigo pensando que el cabernet es lo que más huele a Chile de lo que yo he probado en Chile.

Yo creo que lo más chileno es el moscatel, probablemente. O también el país, la cepa ninguneada por todos, por los grandes enólogos, por las grandes firmas comercializadoras. Pero no por un francés, Louis Antoine Luyt.

Luyt  trabajó como vendedor de teléfonos y como garzón en un restaurant. Ese trabajo lo llevó a interesarse en el vino y a tomar unos cursos de sommeliers en Santiago; también lo llevó a conocer las viejas parras de la uva país, la cepa que trajeron los conquistadores españoles al Nuevo Mundo. Quedó encantado con esas parras, retorcidas, sobrevivientes. Luyt describe ese momento como enamorarse, como cuando te das cuenta de que esa desconocida que está frente a ti, a pesar de los pocos asideros de ese momento, se convertirá en el ser humano que te traerá felicidad.

El futuro gran amor de Luyt fue, hasta la mitad del siglo diecinueve, la fuente principal de tintos en Chile. Pero luego llegaron las primeras importaciones de cepas francesas y lentamente, con las incipientes señas de modernidad enológica, la uva país fue quedando relegada a vinos comunes, a granel. El vino para los bares de mala muerte del sur profundo chileno; el perro callejero, entumido de frío, que se acurruca a la salida del bar, esperando a que otro borracho vuelva a patearlo. Para la enología moderna chilena, el país nunca existió. Nos dio vergüenza mostrarlo en los mercados internacionales, tal como nos da vergüenza ofrecerle un charquicán al extranjero como muestra de nuestra identidad culinaria.  Preferimos decir que el país no existe. Pero sí existe para Luyt, que no sólo acarició a ese perro callejero y entumido, sino que también lo adoptó, lo hizo parte de su vida.

El País de Quenehuao, un vino que Luyt hizo con el recientemente fallecido Marcel Lapierre -uno de los más grandes maestros del vino francés y padre de los mejores Beaujolais que alguna vez se pudieron probar- es tan importante en la línea de tiempo del vino chileno como lo pudo ser el santa Digna Sauvignon Blanc cosecha 1979.

Quenehuao marca un antes y un después. La revalorización de una cepa que podemos considerar nuestra, porque ha estado mucho más tiempo que cualquier otra con nosotros. Y porque lo ha hecho de la forma más simple posible: sin levaduras seleccionadas, sin madera nueva -sin madera en lo absoluto- sin agregar nada. Sólo racimos de uvas fermentando. Un vino crudo. Un vino puro, un vino que no es fruto de la tecnología y que, por lo tanto, a cualquier técnico le podría parecer una aberración.

Es una paradoja, claro. Un francés descubriendo un vino que, eventualmente, puede ser catalogado como chileno. Pero también están todos esos micro-productores, en el secano del Maule; sobre las laderas de viejas parras en el Valle de Itata y también más al sur; las tierras que no han sido contaminadas por el éxito (muy merecido, por lo demás) del vino chileno en los mercados externos.

Hoy todos nos preguntamos cómo vamos a convencer al mundo de que hacemos vinos con carácter; vinos que, además de ofrecer terruño, se puedan vender a más de cien dólares la botella. Yo creo que no se puede hacer. O, al menos, no por el momento. Porque no tenemos historia, no tenemos discurso tras la botella. Lo que hemos hecho, lo hemos hecho sin bases culturales, olvidándonos de nuestras incipientes tradiciones y pretendiendo satisfacer a un importador en Ohio quien, a su vez,  sólo está interesado en los puntos sobre un ideal de cien que un señor en el diminuto pueblo de Monkton, cerca de Baltimore, puede darle.

Identidad. Una palabra grande; una palabra de día domingo. Qué somos. En qué se ha convertido el vino chileno.  Se ha convertido una industria exitosa; una industria en expansión; una industria que se ha impuesto en el mundo y que trata de convencer a ese mundo que no sólo es capaz de hacer vinos baratos y buenos (vinos que no lastiman a nadie, en el fondo) sino que también puede hacer grandes vinos. Vinos de alta calidad, de alto precio.

Pero también el vino hoy es una industria que se pregunta por su imagen, la famosa “imagen país” de nuestros vinos, la misma que los argentinos tienen de sobra, la misma que los australianos tienen de sobra. Incluso, la misma que hoy los peruanos tienen de sobra, y no sólo por Machu Pichu, sino que también por su comida. No deja de ser interesante, por cierto, que el mismo cebiche que un limeño común y corriente se come en un “guarique” (en una picada) de su barrio, es el mismo que un español se puede comer en Madrid. No hay diferencias. Ellos han vendido lo que son. Y se sienten orgullosos de ello.

Hay gente que dice que ha visto al hombre de las nieves. Uno, por ejemplo, es el periodista y alpinista español, César Pérez de Tudela, quien afirmó haber avistado al yeti mientras descendía del monte Annapurna, en los Himalayas, en 1973. ¿Quién ha visto por aquí al vino chileno, el de verdad, el que no es una copia de otra cosa? ¿Algún antropólogo? ¿Algún sociólogo que pueda ayudarnos?

 


  1. María says:

    Tremendo discurso y feroz ejercicio de autocrítica, muy valiente….
    Parabens!!!

  2. Ariel says:

    Que pena que los grandes bodegueros no asistan a éste tipo de eventos. Felicitaciones por lo expuesto, bien directo y al hueso. Saludos.

  3. Alvaro says:

    Con mi amiga y socia, la antropóloga Luisa Urrejola, estamos planificando hacer documentales con levantamientos antropológicos de la identidad cultural y contexto, donde se ha desarrollado el vino chileno. Creo, respondiendo a tu texto, que la historia oral se curva en la leyenda y aquella que es oficial, esa que serpentea en el texto, responden quizás y en algunos casos, mas a una fantasía narrativa que se torna muy viciosa. Sin ánimo de denostar, no sería raro que en el futuro la única fuente fidedigna e histórica sea la revista La Cav. Mi idea de mega relato es otro. Por ejemplo el Limarí, si, ya todos lo sabemos, Tabalí, Maycas, Tamaya, Dalbosco y otros tantos. Si, sabemos del calcáreo y de las historias que se repiten como loro curao por doquier. Pero Limarí es una zona postergada, vive en la sombra que le da La Serena, Coquimbo y Valle del Elqui, donde un pueblo pasó a ser ciudad de desordenadas casas que parecen cajas de irregulares colores, con contrastes tan brutales, que solo a 5 minutos de escapar por la carretera, los niños aun saludan a los buses y dan a comer a las cabras, del cual sustentan un buen queso, donde aun las plazas no han sido pavimentadas, y parece que el progreso aun no ha llegado. Irónicamente, todos los grandes gerentes dicen “este vino es gracias al Limarí y su gente”, ¿Quién es esa gente?. Lamentablemente concretar y aunar esfuerzos depende de una palabra más grande que identidad, es voluntad, y me permito hacerte una pregunta, ¿Es prioridad incluso dentro del contexto comercial la tradición e identidad? Como decía el escritor Jorge Navarro: “las viñas son el niño lindo del barrio, pero que no juegan con barro”
    Buen texto, mil disculpas si la extensión de mi texto causa alguna molestia.
    Alvaro

  4. Editor says:

    Alvaro, mi opinión es que sí, sí lo es. Sin identidad, somos Coca Cola. Incluso hasta la Coca Cola se ha inventado un discurso, una identidad. Algunos incluso creemos que fueron ellos los que inventaron al viejo pascuero. Mira tú.

    Lo de Limarí me recuerda a una conversacion que tuve con Brethauer con respecto a Leyda. 1.500 hectáreas plantadas. El gran orgullo de nuestros vinos blancos. Hasta pinot creen que pueden hacer. Millones y millones por hectárea, sin agua. Y has visto el pueblo de Leyda? Has visto el estado en el que se encuentran los habitantes de ese pueblo? Ahí tienes otro capítulo para tu documental. Puedo seguir, claro.

  5. Editor says:

    María, Ariel, muchas gracias por los comentarios. Pero como ven, es una teoría antigua que ahora cobra mayor relevancia. Nada nuevo lo que nos pasa. Y siento que Argentina también va por ese lado, al menos el de sólo complacer. Mal.

  6. Pablo says:

    Salud, Pato, por tus columnas. Sí que hacen pensar, reflexionar y cuestionarse.
    A todo esto, debo reconocer que gracias a ti llegué a los vinos de Luyt. De hecho, la imagen que aparece más arriba es de la botella (la misma) que disfruté mientras escribía algo sobre ese “País” tan menospreciado ;)
    Saludos, salud y larga vida a vinorama!

  7. Editor says:

    Pablo!!! Mil perdones, y por partida doble. También la usé para mi presentación en el seminario. Ni idea que era tuya.

  8. Pablo says:

    Con lo que no has ensañado a todos respecto del vino chileno, Pato! O sea, 0 rollo ;-)

  9. Patricio, una gran exposición has hecho. Coincidimos plenamente con que la identidad, el terruño y el “vino natural” son los atributos que van a necesitar los vinos en el futuro para imponerse, por respeto y reconocimiento, en este mundo ultra globalizado. Lamentablemente los que puntúan en base 100 y los asesores enológicos que arman los vinos a medida para obtener buenos puntajes de estos gurúes, atentan contra la diversidad y la identidad.
    Salute

  10. Editor says:

    Bueno Fabían, ejem…, yo también uso el sistema de los cien puntos… Muy a mi pesar, pero lo uso.

  11. faximil says:

    No hay que estar pesimistas…, ya hay varios trabajando a mediano y largo plazo en esto; pero con más amor y con la intención de que esta actividad vuelva a ser una forma de vida que se traspasa a las generaciones que vienen. Ojo con héroes anónimos como Juan Ledesma o Víctor Vazques que hacen poco ruido mientras trabajan a conciencia, pensando en el futuro de las familias que confiaron en ellos. Chile es hermoso, tiene identidad y la va a mostrar… pronto…

  12. Juan Ledesma says:

    Gracias Faximil por la mencion. No se si seremos heroes, tampoco pretendemos ser anonimos, nos sale asi y punto. Espero nos inviten el proximo año a este seminario y que Patricio nos visite en San Rosendo, un dia de estos a sumergirse en esta capsula del tiempo y probar vinos del Chile profundo.

  13. Rodrigo says:

    Estimado Patricio: muchas gracias por haber aceptado nuestra invitación al Seminario y por el trabajo continuo de difusión del vino chileno (partamos de la base de que eso existe esta vez). Esperamos que este haya sido un paso en favor de reconocer que el vino no puede ser solo otro commodity de la economía chilena. Bueno, eso es lo que está por verse…Un abrazo!

  14. Editor says:

    Juan, no he estado en San Rosendo, aunque sí en el Itata. Y fue algo especial. Faximil, mi trabajo es poner acentos en las cosas que creo que faltan. Y también creo que hay que ser optimistas, de todas maneras. Y gracias a ti Rodrigo. Fue genial.

  15. Juan Garcia says:

    La pregunta es: Por que la identidad de Chile debiese ser Pais o Moscatel?… Es mas… por que debiese ser cualquier cosa? Chile es lo que es… una mezcla de identidades, culturas e historias arrojadas y aveces olvidadas en la última esquina de America. Los vinos no pueden reflejar eso? Un poco de todo? Un poco de Luyt, un poco de vinos a pedido y otro tanto expreciones de enologos?

  16. faximil says:

    Sin duda Patricio, conozco y respeto tu trabajo, creo al igual que Juan García la identidad de nuestro vino es paralela a nuestra identidad como nación. Somos a la base un grupo de inmigrantes que hemos tratado de acomodarnos a esta nueva tierra, al igual que nuestras viñas. Esto toma tiempo… Estoy de acuerdo contigo en que no hay que perder lo que se hizo, desde las plantaciones de Bachelet (abuelo de la ex-presidenta)en Angol hasta las nuesvas plantaciones en esa región. Lo único que no hay que hacer es apurarse o mentirse, parte de la construcción de identidad pasa por la autenticidad, honestidad y autocrítica…

  17. [...] artículo es de Patricio Tapia y se titula “El yeti y la identidad del vino chileno“. Nos llama la atención, especialmente, la convicción que refleja sobre la total fomedad de [...]

  18. Editor says:

    Juan, la identidad del vino chileno no necesariamente debe estar en el país o en el moscatel. Como tampoco es necesario que los antropólogos tengan que hacerse cargo del problema. Se trata sólo de una metáfora con la que intento decir que sin bases no se puede ambicionar mucho más que ser un pais de vinos buenos y baratos, un país que no es considerado en el mundo cuando se habla de grandes vinos.

  19. Bueno Patricio,

    Queda invitado entonces a conocer los Malbec centenarios.
    Saludos

  20. Editor says:

    Juan, por ahí estaré el 16 y 17 de noviembre, a propósito de un concurso de vinos artesanales. Voy con Claudio Barría. Espero verte y espero que, esta vez, sí aceptes nuestra invitación a mostrar tus vinos en Descorchados.

  21. hmmm, la industria da de comer, ha de atreverse el que muerda la mano de los amos, pero que mierda, aqui voy…. Esta es mi opinión; la cosa es muy simple, el vino y la música son lo mismo… los oyentes y bebedores son lo mismo… ambos en su gran mayoría escuchan lo que les hacen tragar formulas ideadas para el éxito, tinglados montados por estrategas con los medios e influencias para que el producto sea absorvido…. pero si juntamos a los mejores músicos, a la banda soñada, los metemos en una sala y los hacemos tocar, la magia no aparecerá. La magia pertence a un elemento cósmico, trascendental, la amistad de dos o más personas que atravieza la historia y los años… lo que hace a Red hot Chilli peppers sonar como suenan, o bueno como suenan cuando Frusciante está presente solamente… lo que hace que Metallica enamoré a tantos nuevos oyentes año tras año hacia una larga vida de locura y pasión.
    En el vino, a veces esa magia ocurre entre un@ viñater@, o en una empresa más al estilo corporativo… con o sin historia, no se trata de tener identidad o no, eso vale hongo amigos… vengo llegando de Chablis, y personalmente formatie los grand crus y premier crus, no me dio asco, no habrá nunca magia en esas botellas, y esos jugos vienen de viñedos con más de 1000 años de historia… porque no hay magia, ni amor…

    Hay quienes nunca descubren Rush ! hay quienes nunca van a tener oreja para un pipeño… asi son las cosas… basta ya !

  22. Editor says:

    Francisco, me gustaría saber a quién visitaste en Chablis. Es cierto: puede ser un lugar muy riesgoso, pero hay gente que mantiene el espíritu en alto: Raveneau, de Moor, Dauvissat, entre otros.

  23. Patricio,
    Me entere hoy que vienen a Ranquil, es probable que nos veamos, pero podrias arrancar un poco mas al sur y sentir san Rosendo. LA verdad no me acuerdo de la invitacion a descorchados, sorry, soy muy pajaron !. Saludos

  24. A Alice et Olivier los conocí, bebí con Olivier casi todo lo que ha hecho… fué una revelación y una contra respuesta no en estilo, pero si en las maneras y formas que sus Chablis y ALigotés llegan a mostrar… me encantaron la verdad… otro que me gustó mucho fué Naudet Moreau… Stephan Moreau… gran tipo, otro seguidor del estilo chablis moderno… pero la mejor cara de ese estilo según mi paladar en este ultimo viaje de trabajo salieron de sus 2008`s ….Saludos, te esperamos por Dagón… ojalá vengas un día.. jejeje