Carbondale
Por Patricio Tapia

La mujer tiene un galgo. Es un viejo galgo medio ciego que ella, Jane, ha salvado de la muerte. En las carreras, cuando los galgos dejan de ganar, los matan. Los llevan de a dos o tres y los matan juntos. Pero Jane ha salvado a uno de ellos en algún lugar cerca de Carbondale, unos 350 kilómetros al norte de Nashville.

“20 Minutos” se llama el relato sobre esta mujer. Su autor es el norteamericano James Salter. No sé si han escuchado hablar de él. Un aviador que piloteó bombarderos en la guerra de Corea y que, luego, se decidió a escribir y a vivir de ello. Anochecer, publicado por El Aleph -en la imprescindible colección Quinteto- es el único libro que he podido encontrar en librerías de Salter. Creo que hay otro, pero al menos yo no he podido dar con él.

En todo caso, el cuento sobre Jane es más bien sobre su accidente. Y las imágenes que se le vienen a la cabeza mientras agoniza. Su cuerpo desintegrado bajo el peso de un caballo que se incorpora inmediatamente, como pidiéndole perdón. Nubes y sombras mientras recuerda algunos momentos de su vida, momentos no necesariamente felices.

Tienen que leer a Salter. Es una prosa pura, cristalina en su simpleza; letras que se unen unas con otras, como si fuera de lo más normal, como si fuera tan fácil e incluso predestinado que ciertas letras formaran cierta palabras y que ciertas palabras, al unirse, tuvieran la capacidad de estremecer. Ese poder. Salter lo hace. No sé cómo lo hace, pero lo hace muy bien.

Vinos. Sí. Vinos. Regreso del Decanter World Wine Awards. Es mi primera vez allí. Se trata de una competencia en donde hay más de catorce mil vinos de todo el mundo. Los jueces, como yo, se organizan por regiones. Los organizadores, en tanto, tratan de escoger a aquellos que más saben de cada región, para que juzguen. Esta vez a mí me ha tocado presidir el panel de vinos argentinos. Y claro, he tratado de dirigir el asunto todo lo que he podido. No al cien por cien, porque mi panel estaba formado por gente extremadamente calificada en Argentina, es decir, jueces duros, potentes en sus convicciones. Y como esto del Decanter se trata de discutir, uno no siempre gana con pescados grandes. Golpes van, golpes vienen. Y a veces uno tiene que agachar la cabeza.

Pero al final, cuando catamos todas las medallas de oro para elegir a los mejores, el panel y yo quedamos felices. Muchos de los mejores vinos yo me los compraría por cajas, para beberlos en verano, junto a la parrilla, o en invierno, con el cordero asándose allí afuera. Porque, claro, tengo que reconocerlo: hay pocas cepas en el mundo que me entusiasmen más que el malbec. No son muchos los malbec que me entusiasman, pero cuando los encuentro, me resultan irresistibles.

Por ejemplo, como esa muestra número 3. Es un vino simple. Quizás demasiado simple para otros ojos acostumbrados a otros ámbitos del mundo del vino. Frutas rojas frescas, limpias y cristalinas, perfectas en su madurez, vibrantes en su acidez. No tiene madera, claro. Demasiado simple tal vez para otros ojos que buscan complejidad en el vino argentino, buceando en mares de super extracción y estúpida madurez, ese tipo de madurez que intenta escapar del verdor como si se tratara del diablo, que le teme a todo lo que no sea confitura y mermelada y chocolate y café y madera. Y cuerpo. Todo lo que no te pesa en la boca, tanto como tus malas obras en esta vida, que a vece son muchas. Esta muestra número 3 es probablemente muy simple para esa gente, pero no para el panel que en ese momento yo tengo el honor (el tremendo honor) de dirigir.

Así es que todos miramos esa muestra, la número tres, y pensamos en la idea de salir de allí, de escaparnos con esa botella e irnos al parque y beberla bajo uno de los pocos días soleados que Londres nos ofrece en ese mes de mayo. Un sol que para ellos -los ingleses- es primavera pero que para nosotros es malbec, brillante malbec, una sustancia que hubiese emergido de esa botella para bañarnos, si es que finalmente hubiésemos dejado todo de lado para irnos por ahí, bajo ese tímido sol primaveral a disfrutar de ese malbec, que más que malbec, era un signo. Un signo de los tiempos.

Me fascina el malbec. Qué le voy a hacer. Lo reconozco. Entre un carmenère y un malbec bajo los US$15, es probable que siempre elija malbec. Y eso es porque  dentro de las variedades frutales, hay pocas que me gustan más. Cabernet franc, gamay, barbera, frappato… allí, en ese grupo, el malbec me tiene ganado. Vinos para comprar por cajas. Vinos que los tomas por montones.

El trabajo de Walter Bressia, el de Daniel Pi, el de Alejandro Sejanovic, el de Vigil, el de todos ellos y de muchos más, siempre y cuando busquen fruta y no sus propias ambiciones ni menos sus egos; cuando no se crean rockstars ni creadores ni menos “autores”, sino que apenas intérpretes. Cuando cada uno de ellos trata al malbec como si fuera un vino para beberlo y no para sacar 156 puntos; cuando ninguno de ellos se deja llevar por las tonteritas de la concentración ni de la madurez ni de la locura por el dulzor ni por ganar esa batalla nebulosa y fría y perdida -y sobre todo triste- que es conquistar al mercado. Es en esas botellas en las que yo me sumerjo, me hundo con placer, me baño en ellas. En los demás malbec sólo saludo. Con respeto, claro.

Y es cierto. No he escrito mucho en Vinorama. Ya vendrán tiempos mejores.

 


  1. Marcelo Soto says:

    Y cuál era la muestra número 3? jaja buena nota

  2. El secreto del enólogo es, como bien dices, “No ser un autor sino un intérprete”, gran frase que recordaré.
    Cual era la muestra N°3?
    Saludos

  3. sven says:

    Esto lo escribí hace tiempo:
    Porque los enólogos NO son artistas:

    Los artistas interpretan la naturaleza, creando en los demás, estímulos a los sentidos que son perdurables en el tiempo. Por ejemplo una pintura es la misma pintura siempre.

    Los enólogos modifican la naturaleza, creando en los demás estímulos a los sentidos que son variables en el tiempo. El vino no es una interpretación. Es un producto elaborado y cambia de estado todos los días.

    LA ENOLOGÍA ES UNA CIENCIA, NO UN ARTE.
    EL ENÓLOGO DEBE SER CREATIVO, PERO NO MÁS CREATIVO QUE CUALQUIER OTRO PROFESIONAL.

  4. Editor says:

    Bueno, ya sé cuál es la número 3, pero no les puedo decir… je. En todo caso, era muy esperable que fuera ésa bodega.

    Sven: sí, sí. Claro. Y muy buena la exposición de MOVI. Como que los voy cachando más… Felicitaciones.

  5. sven says:

    gracias :-)

  6. Me gusta el post,me quedo con la frase: Un sol que para ellos -los ingleses- es primavera pero que para nosotros es malbec, brillante malbec,….
    Sólo discrepar del comentario de sven: la enología no es ni una ciencia ni un arte, la enología en un OFICIO.
    Por lo demás, salud

  7. F. Massoc says:

    “Enólogos modifican la naturaleza”???? Son dioses?
    Hasta donde sé son levaduras y bacterias las que intervienen en la modificación del jugo de uvas… no he visto a ninguna divinidad en más de 15 años de profesión… ;-) De acuerdo con Rafa, es un oficio en el que a lo más logran orientar (más o menos) algunos fenómenos naturales. Por algo los grandes vinos se hacen casi solos… y no hay enólogos involucrados…
    Salud!

  8. Me sigue sorprendiendo la poca importancia que se le da a la Viticultura….que el Enologo interpreta que el Enologo busca esto y esto otro…de lo que pasa en el viñedo poco y nada….Salud

  9. sven says:

    Rafa: Si. Enologia es un oficio. Pero es una ciencia. Las cosas no se hacen “asi no mas”. Hay conocimientos y estudio detras. Universidades, laboratorios, etc. Ahi no hay mucho que discutir. No es cocina en la que se mezclan sabores y texturas y técnicas de preparación. “Recetas” no se usan en enología. Y los que la usan recetas no les resulta mucho. Prácticamente todo lo que se hace en enología se puede someter al método científico. Ahora… no todos siempre lo hacemos. Muchas veces hacemos cosas por intuición o porque “sabemos/creemos” que funciona, pero es ciencia aunque no guste.
    Y hay que agregar otra cosa: Los enólogos somos responsables de muchos mitos que se propagan por el medio. Muchos de ellos basados en cosas que “nos gustaría que fuesen ciertas”. A veces teorias que transformamos en verdad porque “hacen sentido” y que convertimos en axiomas. A veces le achuntamos pero muchas veces andamos muy perdidos. Soy el primero en reconocerlo.

  10. sven says:

    Buena Francois. Modificar naturaleza se refiere a hacer cosas que no se dan naturalmente. Podar, plantar, regar, deshojar, etc. plantar una parra en Chile donde no existe la vid originalmente es una modificación de la naturaleza.
    El vino es producto de la mano del ser humano. Aunque lo toquemos poco, se hace. “Manufacturado”. El hecho de decidir cosechar y meter las uvas en un recipiente y dejarlo solo sin tocarlo es una decisión intelectual. No es algo que pase en la naturaleza. Usar esa técnica requiere un pensamiento tanto o más elevado que meterle chips o levaduras al proceso. El sistema deja de ser natural en el momento que alguien cosecha la uva y de alguna forma la transforma en vino. Lo natural del vino es junto al terroir, justamente el ser humano tomando decisiones intelectuales, ya sea arte, ciencia u oficio.
    Ahora… hay vinos super manipulados y otros menos o nada. De eso no hay duda.
    Salud hermanos

  11. Samir says:

    Seven. No se como hacer vinos, pero com oficio e ciencia pode se hacer buenos vinos como vinos para el mercado o no. Se lo haces com el coración io creo que hay arte tambiem, e que las formulas no son el principal.
    No sei se te recorda de lo vino Syrah de Greda hecho por Patricio. No se se estaba bueno pero gostaria de probarlo.
    Saludos.
    Samir.

  12. Juan Jose says:

    Sven,
    El arte no se define por el artista, es al reves. Asi como una antena de radio se transforma en arte en el centro de paris, el vino perfectamente puede ser arte si asi lo estima el observador. La enologia en las bodegas usa un lenguaje cientifico, pero esta muy lejos de ser ciencia (remitase a descartes) esta mas bien en una area de caos y complejidad segun el modelo Cynefin. Definiciones bizantinas en el fondo