Imperfección
Por Patricio Tapia

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Suciedad. Tengo esa frase maravillosa de mi mamá en la cabeza. “Ella no puede ser tan linda, tan perfecta, tan inteligente. Eso no existe.” Solía decir ante una figura muy conocida de la televisión. “Tiene que ser hedionda.”

Eso puede de leerse de muchas formas. Cuando era niño y la escuchaba, la verdad es que, bueno, me causaba risa. Pero ahora, ya adulto, lo que me gusta pensar –y lo que efectivamente creo que ella nos enseñaba a mí y a mis hermanos- era que el concepto de perfección finalmente no existía. Más que un sueño, el ideal de perfección, la idea de que en este mundo sí es posible encontrar la felicidad a través del total equilibrio. Pues, no sé, creo que mi vieja nos estaba previniendo. La coraza con la que toda madre trata de vestir a sus hijos para que luego el dolor rebote.

Lo sabemos, no? Qué levante la mano, por favor, el que aún crea que se casó con la mujer perfecta, el que crea que su vida es perfecta, que incluso sus hijos son perfectos. Mis hijas son las más lindas del mundo y eso nadie me lo puede discutir, pero perfectas no son. En un mundo que busca la perfección como sinónimo de felicidad, es bueno a veces pisar los frenos. Ok. Eso no existe. Ahora sigamos. Pon embriague, por favor. Pasa primera. Aprieta nuevamente el acelerador, cierra los ojos y déjate de joder con tus sueños.

En el vino tampoco existe. Por eso mismo odio la idea de los puntajes. “El diablo necesario” me dice un amigo. Claro. Lo es. Aún no se me ocurre otra mejor forma de decir qué vino vale la pena y cuál no. Pero ahí está ese fantasma. Los cien puntos. Qué cresta es eso, por favor? O, mejor, qué queda después de lo cien puntos? Señor, tome su vino de cien puntos, el vino perfecto, y luego vuélese los sesos porque ya nada lo logrará sorprender. Ahí, ante usted, tiene la perfección. No hay nada en la vida mejor que eso. Así que chau. Buenas noches. Se puede despedir.

Es una idea fascista, ahora que lo pienso. La perfección en el vino, la raza superior de los cien puntos. El edificio imponente y frío que se alza sobre la postdammer platz, provocando miedo, el miedo de lo perfecto, lo inalcanzable, allá arriba.

Bueno. Basta ya. Me gustan los vinos que huelen a caca. Perdonen la confesión. Hay una levadura que se llama brettanomyces y que infecta algunos vinos, por ejemplo, muchos de los vinos con los que yo me crié – en términos profesionales- en Burdeos (Chateau Talbot 86, vaya recuerdos!) y que, mezclada con algunas notas frutales y buena acidez, pues bien, da un aroma que me gusta. Caca. A Talbot, en los setentas y ochentas lo llamaban el “vino de los cazadores” porque olía a “entrañas”, es decir, un eufemismo para hablar de mierda.

Sí, suena raro. Escatológico. Pero les prometo que mi interés por el tema llega hasta allí, es decir, no quiero dar explicaciones que nublen aún más el asunto de mis gustos personales, pero sí les aseguro que se reduce al vino, que no me ando untando caca por la vida, quiero decir.

Habiendo dicho eso, la brett no queda bien en todos lo vinos. Los demasiado alcohólicos, los que tienen muy poca acidez, los que tienen demasiados taninos, los que carecen de fruta de verdad. En ellos la brett es sólo caca. Sin embargo, hay otros casos en que los aromas a “entrañas” , que las notas que gustan a los cazadores y a mí, se mezclan con frutas, con acidez brillante. No conozco vinos así en Chile, al menos vinos modernos. Todos evitan la brett como si fuera el diablo. Y lo es, por cierto. Este mundo busca la perfección, mientras que los aromas a entrañas son vistos como un defecto, algo que hay que evitar.

En fin. Así están las cosas. El vino perfecto, el compañero de curso que, peinadito y de zapatos perfectamente lustrados, se sienta en el primer puesto y atiende toda la clase. Ese tipo de vinos.

 


  1. Héctor says:

    y Altair 2002, Prestige de Casa del Toqui 2002, Antiyal 98, Paul Bruno???
    Vamos Pato la cosa no es tan perfecto.

  2. Oye, Patricio, que engancha esto…

    No se te olvide que, irónicamente, los vinos de baja acidez presentan condiciones óptimas para que el brett prospere. Claro, luego hay que meterles osmosis inversa a esos cienputeros para que sean perfectos.

    En un mundo perfecto, todos nos haríamos las tetas con un cirujano brasilero.

    M.

  3. Editor says:

    Bueno, Héctor, Antiyal 1998 puede caer perfectamente en la categoría de “imperfectos” y es, hasta donde recuerdo, mi Antiyal favorito hasta que la evolución del 2000 o del 2002 diga lo contrario.

    Manuel, la idea de vinos con baja acidez más propensos a la brett es algo extendido. Sin embargo, hace un tiempo estuve conversando en Chinon con algunos productores (Breton, Lenoir, Baudry, y otros) y coincidieron en que el cabernet franc, una cepa de PH relativamente alto, se protegía de la brett más bien por una combinación de levaduras nativas de la zona, que ésa era la forma de que el vino no terminará sólo oliendo a caca. A algunos, en especial a Baudry y a Lenoir, era para creerle. Quizás, algunos de los enólogos que nos visitan, tengan algo que agregar al respecto. Y ojo que soy conciente de que jugar con brett es jugar con fuego. Cómo lograr que sólo sea un poco? Cómo evitar que el vino no pase de tener una pequeña nota de complejidad “brettaniana”?

  4. Excelente artículo Patricio. Vaya que si ma has hecho reflexionar. Yo en lo personal, soy un esclavo iluso de la perfección, cosa que me cuesta aceptar que nunca nada será lo supuestamente perfecto que uno cree o sueña, pero al menos hace que se busque siempre lo mejor, al menos para uno, porque para los demás siempre abran imperfecciones, es cuestion de gusto y la forma en que se vea. Maravilloso, la forma en que tu madre les enseño que no todo huele a rosas… la vida tambien huele a caca… creo que esa es la sazón de vivir… NADA ES PERFECTO, AUNQUE EL HOMBRE CREA QUE SI… o al menos sea un engaño consciente… diria un psicólogo…

  5. [...] “perfectos” (una buena se traía mi amigo Tapia con este tema en su nuevo proyecto Vinorama), pero ahora me confundo. Porque si aquí había algo sublime, o se me pasó, o existía en el [...]